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Radicales libres por Michael Brooks


Dicen las encuestas y estudios sociológicos más fiables, que la mayoría de la población tiene una imagen muy positiva de la ciencia en general y de los científicos en particular. Sin embargo, ¿conocemos a los científicos? El retrato robot del científico tiene dos caras (a lo Dr Jekyll y Mr Hyde) influidas sin duda por la literatura, el cine y demás ficciones. Una, la de la personalidad trastornada, ególatra, del científico chiflado encerrado en su laboratorio, trabajando en solitario, jugando a ser dios manipulando la vida y el universo. Otra, por el contrario, la del sabio despistado, obsesionado con elucubraciones y problemas que se escapan al entendimiento (y el interés) de la mayoría, en pos del saber máximo y puro, desinteresado, desprendido, sacrificado, abnegado y con una máxima exigencia ética e intelectual.

Deshacer esta última visión es el objetivo de Michael Brooks en su más reciente libro, “Radicales libres” (Ariel) y que lleva como subtítulo “La anarquía secreta de la ciencia”. Brooks es un periodista especializado en temas de ciencia, no en vano es doctor en física, y autor de libros de divulgación, como su anterior “13 cosas que no tienen sentido” (también en Ariel), en donde llegaba a dar pábulo a teorías mágicas como las de la homeopatía.

Sin duda ya alerta por este precedente, emprendí la lectura de este “Radicales libres” gracias Antonio Martínez Ron (@aberron). Lo primero que me llamó la atención fue el título, por sus reminiscencias relativas a los perniciosos radicales de oxígeno producto del metabolismo celular y a los cuales se apunta en muchas ocasiones como causantes de muy diversos males, incluido el envejecimiento. Y el subtítulo, al que se hace referencia a lo largo de todo el libro, causando siempre en mi una constante sensación de que tenemos conceptos muy distintos del término “anarquismo”.

Como decía, la intención declarada por Michael Brooks es desmontar esa imagen idealizada, presente en el imaginario popular, de científico puro ajeno a pasiones, debilidades y luchas, y dispuesto a tomar atajos de dudosa categoría moral. Como en cualquier otra categoría profesional o comunidad existe diversidad de personalidades, con algunos de sus miembros destacando de manera señalada por excéntricos, esotéricos, obstinados competidores, cuando no directamente falsificadores y manipuladores. El problema es que pese a que ese diagnóstico sea cierto, el autor trata de convencernos de que esa otra imagen que pinta, más cercana a la caricatura, es la norma e incluso que algo de ello es absolutamente necesario para triunfar en ciencia. Ese “algo” es lo que él, de manera inopinada, denomina “anarquía secreta de la ciencia”. Para convencernos, el autor relata una serie de acontecimientos en torno a destacados científicos, pero se queda en lo anecdótico, estirando aquellos aspectos más “peculiares” de sus biografías hasta hacerlos pasar como trascendentes y fundamentales en las vidas y en la ciencia desarrollada por estos científicos. Así por ejemplo, dar pábulo a las fantásticas historias de consumo de sustancias estupefacientes por parte del muy magufo Nobel Kary Mullis (el inventor de la PCR) y resaltar como fundamental dicho consumo en sus descubrimientos, es tratar de ajustar la realidad a una hipótesis previa aunque sea necesario deformarla.

Este es sin duda el mayor defecto del libro, por lo demás una colección inconexa de científicos y sus descubrimientos (aunque también erróneamente sazonada de personajes del mundo de la tecnología y no de la ciencia) relatados con mayor o menor precisión según el caso. Ese afán por querer ilustrar unas conclusiones a las que el autor se ha propuesto llegar desde el principio, aunque para ello haya que forzar los hechos, confundiendo por ejemplo la interpretación propia de los científicos con hechos probados cuando se ajustan a sus tesis o interpretando los hechos para que concuerden con sus teorías.

Como decíamos antes, al igual que en cualquier otra actividad humana podemos encontrar todo tipo de personalidades en ciencia. Las peculiaridades de la profesión científica favorecen ciertas conductas o formas de ser. Y es verdad que muchas veces esas conductas no responden al cliché que hay en la sociedad. Pero me temo que tampoco responden a la caricatura que Brooks quiere dibujar quedándose en los superficial y llamativo, no yendo más allá.

Mención a parte merece la penosa traducción de Joandomenec Ros que inunda el texto de palabros y expresiones de difícil digestión, tales como “Gran Estallido”, “caldeamiento global”, “célula patrón”, etc.

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