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Posts Tagged ‘expectativa de vida’

Tests para calcular tu esperanza de vida


Existen multitud de estudios que tratan de establecer asociaciones entre datos de lo más diverso y la esperanza de vida. Sin duda, el envejecimiento es un proceso multifactorial moldeado por infinidad de detalles que pueden determinar una mayor o menor longevidad. Basándose en muchas de estas cosas que sabemos, se han propuesto diversos tests de longevidad. No dejan de ser un intento bastante modesto de capturar toda la complejidad del proceso de envejecimiento, pero pueden resultar divertidos (si no se toman con excesivo rigor) e ilustrativos del tipo de factores que influyen en el número de años que seremos capaces de sobrevivir: Sexo (el “sexo débil” vive más), estado civil (los hombres casados son más longevos, para las mujeres el beneficio no está tan claro), nivel de ingresos (una vez más el dinero es importante), ejercicio físico (el deporte alarga la vida), una personalidad positiva (sonría por favor), la longevidad de tus ancestros (¿y tú de quién eres?), etc.

Los que son verdaderamente profesionales del cálculo de tu esperanza de vida son, ¡las aseguradoras! Aquí tienes un ejemplo desarrollado por UNESPA (Asociación Empresarial del Seguro): http://simuladores.unespa.es/

Algunos de los tests más recomendables que podemos encontrar en Internet (en inglés):

- El de magnífica web Word Life Expectancy, http://www.worldlifeexpectancy.com/le_test.php

- El de la web Living To 100, basada en el libro del mismo nombre de Thomas Perl, investigador del envejecimiento de la Universidad de Boston, http://calculator.livingto100.com/calculator

La longevidad del “sexo débil”


Si en la mente de algunos aún permanece la idea de que las mujeres constituyen el “sexo débil”, su mayor esperanza de vida (o longevidad) ofrece aún una razón más para cambiar de opinión. El lector habitual de este blog no necesitará una introducción al término esperanza de vida, pero si no es así le recomendamos una entrada anterior del blog como introducción.

Las mujeres tienen una esperanza de vida, a cualquier edad, más elevada que los hombres. Las diferencias se manifiestan incluso desde el útero, en donde un feto masculino tiene mayores probabilidades de no llegar a término. Se calcula que se conciben 124 fetos masculinos por cada 100 fetos femeninos. Esta diferencia queda reducida al nacer en 105 recién nacidos niño, frente a 100 niñas. En el caso de los partos prematuros, los bebés de tamaño extremadamente pequeño (aquellos que nacen por debajo de los 900 gramos) tienen mayor probabilidad de supervivencia si son niña que si son niño. Si nos situamos en el otro extremo del periodo de vida, hasta un 90% de aquellas personas que alcanzan los 110 años de edad (los denominados “supercentenarios”) son mujeres. Y si nos vamos por encima de los 120 años, sólo una persona (de manera verificable) logró alcanzar los 122 años y, como no podía ser de otra manera, fue una mujer, la francesa Jeanne Calment (sobre la cual puedes encontrar más información en esta otra entrada del blog.

En cualquier caso, es un hecho que los hombres lideran la clasificación de las principales causas de muerte en todos los apartados, lo que implica que no estamos ante un efecto distorsionador producido por una mayor prevalencia de una causa de muerte en particular entre los hombres.

Existen diversas teorías que tratan de explicar esta diferente longevidad de los sexos. Son muchos los que centran sus sospechas en factores socio-sanitarios. Los hombres han ocupado tradicionalmente puestos en la sociedad que los han situado en posiciones más expuestas a daños no intencionados (accidentes) o intencionados (violencia o guerras). Muchos se apresuran a encontrar la explicación en la tradicional separación de papeles por género: hombre trabajando fuera desarrollando una labor dura y estresante, mientras la mujer se ocupa “cómodamente” de las labores del hogar. Antes de que alguien golpee violentamente la pantalla de su inocente ordenador he de aclarar que, evidentemente, esto no es así. Nadie (confío) en su sano juicio puede pensar que la labor de nuestras madres o abuelas al frente del hogar familiar resultó más sencilla que la de nuestros padres o abuelos en sus ocupaciones fuera del mismo. De hecho, la convivencia familiar es más beneficiosa estadísticamente hablando para el hombre, que vive muchos más años si está casado que si vive sólo; que para la mujer, cuya longevidad se ve mínimamente alterada por el matrimonio. Además, la incorporación de la mujer al mercado laboral no ha traído consigo una disminución equiparable en la distancia en la esperanza de vida entre hombres y mujeres.

La anciana Jeanne Calment dejó de fumar a los 117 años

Otra explicación reside en que existe tradicionalmente un mayor consumo de sustancias nocivas (tabaco, alcohol, drogas) entre hombres que entre mujeres en la mayoría de las sociedades. Recientemente un estudio publicado por la revista Tobacco Control,  publicada en open access y perteneciente al prestigioso grupo del British Medical Journal, apuntaba al consumo de tabaco fundamentalmente, y de alcohol en menor medida, como responsable de esas diferencias de expectativa de vida entre hombres y mujeres. Según este estudio, el tabaco sería responsable de entre un 40 y un 60% de la diferencia de esperanza de vida entre hombres y mujeres, y el alcohol de entre un 10 y un 30%, según países. Los autores del trabajo resaltan la menor distancia entre hombres y mujeres en los países del norte de Europa y achacan dicha cercanía en las esperanzas de vida de ambos sexos a una incorporación de la mujer al consumo de tabaco y alcohol anterior a la producida en los países del sur europeo. Una predicción por tanto derivada de la asunción de que la diferente longevidad entre hombres y mujeres está fundamentalmente asociada al consumo de tabaco y alcohol, es que las distancias tenderán a disminuir sensiblemente en los próximos años.

Aún siendo razonable esta explicación (y no estando exenta de cierto acomodo con la visión generalizada actual de lo perjudicial que resulta el consumo de tabaco), no cabe duda de que existe “algo más”. Hay una indiscutible base biológica en la distinta longevidad de hombres y mujeres, puesto que esta diferencia es extensible a todas las especies de mamíferos estudiados (para los cuales se desconocen hábitos insalubres específicos entre los individuos macho).

La longevidad es un balance entre “daño” y “reparación”

¿Cuál es esta base biológica que establece una distinta longevidad entre sexos? Si entendemos el envejecimiento como un balance entre la cantidad de daño al que estamos expuestos y la capacidad de reparación de ese daño de nuestro organismo, deberíamos asumir que estando sometidos a los mismos factores que afectan a nuestro organismo, una distinta capacidad de reparación entre géneros podría ser responsable de esa distinta longevidad.

¿Qué sentido podría tener que un organismo femenino repare mejor el daño que uno masculino? Entrando, en mi opinión, en un área altamente especulativa, Tom Kirkwood, toda una autoridad de la biología molecular del envejecimiento y director del Institute for Ageing and Health de la Universidad de Newcastle en el Reino Unido, propone una explicación cercana a su conocida teoría del soma desechable.

Tom Kirkwood, promotor de la teoría del “soma desechable”

De modo resumido, esta teoría sobre el envejecimiento con tintes evolucionistas propone que un organismo está constituido por células germinales (reproductoras) inmortales y por células somáticas mortales. El soma es útil únicamente en cuanto que garantiza la reproducción y con ello la transmisión de la información genética presente en la línea germinal. Existe un equilibrio entre el gasto de recursos que son empleados en la reparación y el mantenimiento somático y los necesarios para la reproducción. Una vez garantizada la reproducción, el soma es desechado con la satisfacción del deber cumplido.

Pues bien, Tom Kirkwood especula que el organismo femenino ha evolucionado para ser más resistente, poseer mejores mecanismos de mantenimiento y reparación por ser el garante del éxito de la reproducción. El soma femenino sería pues, menos desechable. Por el contrario, y en una visión que agradará a más de una feminista, el organismo masculino cumple un papel en la reproducción mínimo y una vez realizado es desechable.

Tratamiento “anti-aging”

Existen algunas evidencias experimentales que apoyan estas teorías. Por ejemplo, existe una cierta correlación inversa entre fecundidad y longevidad en muchas especies (menor longevidad, mayor número de crías y viceversa). También existen trabajos que apuntan a una mejor capacidad reparadora de las células de ratones hembra que de ratones macho, y parece que esta diferencia se elimina tras la extracción quirúrgica de los ovarios. Como muchos dueños de gatos y perros pueden atestiguar, las mascotas castradas viven habitualmente más tiempo que las no castradas. ¿Existe el mismo efecto en humanos? En ciertos periodos históricos la castración masculina fue una práctica habitual de algunas sociedades, como en la antigua China o en Europa con el caso de los castrati; pero los datos históricos son escasos y poco fiables. Sin embargo, mucho más recientemente, aún era una práctica habitual la castración de los enfermos mentales en instituciones psiquiátricas. Existen datos de una de ellas (en Kansas, EEUU) que atestiguan que los hombres castrados vivían una media de 14 años más que sus compañeros no castrados, como recogió un estudio publicado en 1969 en la revista especializada en investigación del envejecimiento, Journal of Gerontology.

Sin duda, una opción mucho más extrema que el consumo de una pastillita de resveratrol, aunque con evidencias científicas de efectividad a su favor.

Para ahondar más en detalle:

- El estudio de Tobacco Control sobre el consumo de tabaco y alcohol como base de la diferente longevidad de hombres y mujeres, aquí.

- El artículo original de 1969 en Journal of Gerontology con los datos de longevidad de internos castrados frente a no castrados en la institución mental de Kansas, aquí.

- Tom Kirkwood especulando sobre el origen de la distinta longevidad de hombres y mujeres en este artículo de Scientific American, aquí.

Nota: Esta entrada fue publicada primero como colaboración en el blog amazings.es el 09/01/11.

Esperanza de vida


Los estudios sobre envejecimiento y longevidad están siempre aderezados de constantes referencias a un parámetro que, pese a su aparente sencillez, quizás pueda esconder algunos aspectos no tan evidentes. Nos referimos al término “esperanza de vida” o “expectativa de vida” y por ello creemos necesario detenernos mínimamente a observar con cuidado a qué nos estamos refiriendo con este término.

La esperanza de vida es la cantidad media de años que podemos esperar (“esperar” en términos estadísticos) vivir en función de los datos conocidos en ese momento del número de fallecimientos y las edades de los fallecidos en una población. Habitualmente se hace referencia a la “esperanza de vida al nacer”, pero bien podemos expresar también cuál es el número de años que podemos esperar vivir una vez cumplida una cierta edad.

Del hecho de que la esperanza de vida sea un valor medio y que habitualmente haga referencia al momento del nacimiento, surge una enorme dependencia de este parámetro con la mortalidad infantil. Es bien conocido que un índice de mortalidad infantil elevado condicionará de manera sustancial el parámetro de esperanza de vida, acortándolo de tal manera que puede generar una falsa impresión y dar lugar a confusiones. Así por ejemplo, si comparamos la esperanza de vida de un país africano como Burundi, 50 años, con la de un país europeo desarrollado como Suecia, 81 años, uno puede hacerse la composición mental (equivocada) de que en Burundi ser anciano equivale a tener alrededor de 50 años, o de que para un burundés alcanzar edades superiores a los 50 años es un hecho extraordinario. Una conclusión apresurada, resultado de un vistazo rápido a las cifras, puede hacernos pensar que los ciudadanos de Burundi viven 31 años menos que los de Suecia. Pero no es así. En realidad la distorsión fundamental procede del hecho de que la mortalidad infantil en Burundi es muy elevada comparada con la de Suecia, lo que disminuye la media considerablemente. Así pues, encontrar ancianos en Burundi es relativamente normal y no es cierto que los suecos vivan 31 años más que los burundeses.

Para una explicación más detallada (y mucho más acertada) de la distorsión causada por la mortalidad infantil en la esperanza de vida es recomendable echarle un vistazo a esta presentación del muy recomendable Gapminder de Hans Rosling.

Una vez introducido el concepto de esperanza de vida podemos preguntarnos ¿cuál es la esperanza de vida en el mundo? ¿varía la esperanza de vida en los distintos países? ¿y con el género? ¿qué factores alteran la esperanza de vida? ¿cómo ha variado la esperanza de vida a lo largo de la historia? Esperamos satisfacer todas estas preguntas en futuras entradas del blog.

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