Fuente de la Eterna Juventud en Quo


Recientemente Jorge Alcalde, director de la revista de divulgación científica Quo, se puso en contacto conmigo para conocernos y explorar la posibilidad de establecer una colaboración con la revista. Fruto de ese primer encuentro se publica ahora en el número de Junio de la revista mi primera colaboración, con un artículo dedicado al concepto de “edad biológica” frente al de “edad cronológica”.

Todos sabemos de la importancia de nuestro aspecto físico exterior, especialmente dentro de nuestra cultura latina, en donde muchas veces la apariencia lo es todo. Una de las características fundamentales que a partir de cierta edad buscamos, es la de aparentar menos años de los que tenemos. Ya lo dijo el ilustre Quevedo en el Siglo de Oro español, “todos anhelamos llegar a viejos, pero todos negamos haber llegado”. Los signos del envejecimiento son percibidos por la mayoría como elementos de decrepitud e incapacidad, y pese a valorar positivamente los conocimientos y la experiencia de nuestros ancianos, la presencia de arrugas en nuestra piel son un recuerdo del inexorable paso del tiempo y un aviso de nuestra aproximación a un periodo de nuestra vida incierto y que tememos lleno de disfuncionalidad. Por eso, nos enorgullecemos cuando nos encontramos con antiguos compañeros a los que a lo mejor hace décadas que no vemos y nos dicen “por ti no pasan los años, estás como siempre”. Aunque lo cierto es que aún nos satisface más comprobar que aquel compañero de universidad, o aquella amiga del colegio, muestran claros signos del paso del tiempo comparados con nosotros.

Pero el aspecto físico externo no es un indicador fiable del estado de salud interno. Gente de magnífico aspecto exterior cae fulminada tras un ataque cardiaco o sufre una embolia cerebral incapacitante. Cuando vamos a comprar un automóvil de segunda mano sabemos que no debemos guiarnos únicamente por el aspecto exterior, puesto que la carrocería puede estar muy bien, estamos muy bien de chapa; pero el motor … el carburador, los manguitos, la batería, etc, hacen aguas y muestran la verdadera edad del automóvil.

Desde hace años surgió por todo ello el concepto de “edad biológica” en contraposición al más habitual de “edad cronológica”. Todos entendemos de una manera intuitiva lo que representa la edad cronológica, puesto que estamos familiarizados con la convención universal de medida del tiempo y solemos contar el paso del mismo en años desde la fecha de nuestro nacimiento. Es un criterio administrativo de gran importancia que marca hechos trascendentales en nuestra vida como pueda ser el derecho al voto o la jubilación. Aunque quizás en estos momentos hacer referencia a la jubilación como ejemplo, sirva más para ilustrar el carácter relativo del tiempo. Tiene por tanto un valor social o legal más que biológico.

El concepto de edad biológica, sin embargo, es más reciente y difícil de precisar, puesto que no sabremos dónde mirar para encontrar una respuesta a la pregunta “¿cuál es tu edad biológica?”. La edad biológica sería la relativa al estado funcional de nuestros tejidos y órganos. Es por tanto un concepto fisiológico. Determinar con precisión nuestra edad biológica puede ayudarnos a entender y prevenir futuros problemas de salud relacionados con enfermedades asociadas al envejecimiento, tales como las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, la osteoporosis o el cáncer. Sin embargo, del mismo modo que sabemos que la edad cronológica y la biológica no tienen por qué ir necesariamente de la mano, y un aspecto exterior juvenil no tiene por qué estar relacionado con un edad joven, y viceversa, la edad biológica no tiene por qué ser igual para cada tejido u órgano de nuestro organismo. Dependiendo de las características propias de nuestros tejidos y del uso (o maluso) dado a cada uno de ellos, podemos tener un corazón joven, pero unos riñones ancianos; o un sistema inmune debilitado y una mente despejada. Entonces, ¿cuál sería el calendario o el reloj en donde poder consultar nuestra edad biológica? Son muchos los parámetros fisiológicos que se han propuesto como reflejo exacto del estado de salud de nuestros organismo. Uno de los problemas de partida en la búsqueda de biomarcadores del envejecimiento es establecer un patrón de referencia a una determinada edad que sirva para comparar los datos que obtengamos de mediciones posteriores. ¿Cómo sabremos a partir de qué medida entramos en una condición de envejecimiento o no? ¿Cómo sabremos si nuestro biomarcador nos indica que hemos superado la barrera del estado saludable para internarnos en el área de la patología?

Pero antes de nada debemos intentar precisar más cómo podemos determinar nuestra edad biológica. Quizás podamos rellenar alguno de los múltiples cuestionarios online que se ofrecen en internet como método infalible para el cálculo de nuestra edad biológica o, visto desde otra perspectiva, cuántos años de vida nos quedan por delante. O podemos acudir a una de las clínicas que proliferan especializadas en el tratamiento “antiaging” y que, como primer paso, nos someterán a todo tipo de determinaciones de metabolitos en sangre y medida de niveles de hormonas. Las pruebas analíticas metabólicas a partir de muestras de sangre son las habituales a las que estamos familiarizados cada vez que nuestro médico solicita un análisis de sangre para comprobar de manera general cuál es nuestro estado de salud. Sin duda serán útiles para comprobar cómo nos encontramos físicamente, pero realmente no atienden a ningún aspecto concreto derivado del envejecimiento. Si bien es cierto que podemos establecer una relación entre peores parámetros analíticos durante la vejez, no es menos cierto que podemos encontrar ancianos con niveles envidiables de colesterol, azúcar, etc. Las medidas de niveles hormonales por su parte están muy de moda, puesto que es bien conocido que los niveles de estrógenos, testosterona o de hormona de crecimiento disminuyen claramente con la edad, especialmente cuando superamos la cuarentena, edad en la casi todos experimentamos un súbito interés por estos temas relacionados con el envejecimiento. No obstante, su relación con el proceso de envejecimiento no es clara y poseen un peligroso perfil al que posiblemente derivemos en un futuro próximo si no sabemos ponerle coto a tiempo. Siguiendo el camino ya andado en países como Estados Unidos, que siempre actúan a modo de bola de cristal en la que consultar cuál puede ser nuestro futuro como sociedad, podemos terminar asistiendo al triste espectáculo de terapias antienvejecimiento a base de inyecciones hormonales en clínicas incontroladas, en lo que podría terminar siendo una Operación Puerto Edición Tercera Edad. Las clínicas más esotéricas puede que incluso decidan medir nuestros campos y flujos energéticos, procedentes de no-se-sabe qué energías. En contraposición a estas cuestionables prácticas, ¿qué biomarcadores de envejecimiento propone la ciencia?

Un año de Fuente de la Eterna Juventud


Pues pasito a pasito ha transcurrido ya un año desde que me planteé “y esto de hacer un blog, ¿cómo va?”. He de confesar que mi interés inicial era simplemente lanzarme a escribir. Escribir sobre todo aquello que me había fascinado durante mucho tiempo y que tenía que ver con la investigación biomédica del envejecimiento, un aspecto de la investigación en biología molecular que se había cruzado, aunque sólo fuese de manera tangencial, con mi propio trabajo de investigación desde hacía años.

Mi ignorancia sobre el funcionamiento del mundo de los blogs (ciertamente aún no superada ni de lejos) no me detuvo, puesto que estaba claro que esa era la vía adecuada. Tenía grandes ejemplos que me servían de inspiración y dejaban claro el poder y la valía de los blogs como fuente de comunicación. Ahí estaba Chema Mateos y “Las Penas del Agente Smith”, Javier Armentia con “Por la boca muere el pez”, o Lucas Sánchez y su “Sonicando”. Y también estaba Ester Samper y su “MedTempus”, Juan Ignacio Pérez Iglesias y “Ciencia y Humanismo”, EC-JPR con “Per ardua ad astra”, Eugenio Manuel en “Ciencia en el XXI”,o César Tomé y su “Experientia docet”. Eso sólo por citar unos pocos de las decenas y decenas de blogs que ofrecen información, reflexión y crítica de asuntos relacionados con la ciencia y el pensamiento crítico.

En este año no sólo he ido aprendiendo unos pocos truquillos básicos sobre cómo funciona el mundo de los blogs, si no que he tenido ocasión de conocer a gente maravillosa y con enorme capacidad de divulgar, hacer pensar y hasta de entretener. El blog ha ido creciendo (poco) cada día, con gente que se ha ido acercando y mostrando su interés por un tema que nos afecta a todos y que constituye un reto científico de enormes dimensiones. Desentrañar el proceso molecular y celular que constituye el envejecimiento, y diseñar posibles estrategias derivadas de esa investigación que quizás un día nos permitan enfrentar las dolencias más comunes que nos acompañan en la recta final de nuestras vidas, son un reto para la investigación biomédica de nuestros días en un mundo cada vez más anciano.

Como derivación de la actividad en este blog, he tenido ocasión de participar como ponente en la sensacional serie de conferencias “Escépticos en el Pub”; el blog fue referenciado en Radio 5 de RNE dentro del programa A Su Salud de Manolo Moraga, con quien tuve el privilegio también de colaborar en un suplemento temático sobre investigación del cáncer y otro sobre investigación del envejecimiento; y participé comentando un par de noticias sobre investigación de envejecimiento en la tertulia de Luis Herrero en esRadio. Fui además invitado a unirme a la secta de dominación mundial que es Amazings.es, el blog de blogs de ciencia más importante de la red.

Todas estas actividades han ido surgiendo de manera totalmente inesperada por mi, pero son una satisfacción, de nuevo, porque reflejan que existe un gran interés por este tema. Sin duda, en el futuro surgirán nuevas oportunidades de difundir y acercar más la información sobre la investigación del envejecimiento y espero poder hacerlo lo más acertadamente posible.

Muchas gracias por leer Fuente de la Eterna Juventud.

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Todo lo que siempre quiso saber sobre el resveratrol y no se atrevía a preguntar 5


Hemos repasado aquí, a lo largo de una miniserie de entradas (1, 2, 3 y 4), la historia del resveratrol; la evidencia científica detrás de este famoso compuesto, los datos de los que disponemos sobre su actividad, sus no probados beneficios para la salud y su verificada inutilidad promoviendo la longevidad. Sin embargo, muchos habrán oído, visto o leído la publicidad de una de las compañías que apostaron fuerte por este compuesto dentro de su línea de negocio. Hablamos del Revidox de la compañía española Actafarma. A poco que busquen encontrarán todo tipo de informaciones en forma de artículos periodísticos que asemejan más panfletos publicitarios que información independiente y contrastada, uno de los males del periodismo de nuestra época. Incluso reportajes televisivos y vídeos promocionales. Si se pasean por las calles advertirán que en los escaparates de las farmacias abundan los carteles publicitarios de este producto.

Hace dos años ahora, asistimos al lanzamiento de este “complemento alimenticio” (que no fármaco, no se dejen engañar por su envoltorio) a bombo y platillo, y con la presencia de investigadores del Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura (CEBAS) de Murcia, España, perteneciente al CSIC, como respaldo y marchamo de garantía científica. Nos dijeron que asistíamos a una auténtica revolución, un avance mundial, un producto que iba a retrasar nuestro envejecimiento activando los genes de la longevidad (las sirtuinas) y a prevenir importantes problemas de salud. Las afirmaciones son de enorme alcance. Uno supondrá que realmente aquí hay años de investigación concienzuda y numerosos trabajos que certifiquen semejantes afirmaciones extraordinarias. Nos ponían a nuestra disposición nada menos que un “elixir de la juventud” a base de uvas (el equivalente a 45 botellas de vino decían) concentradas en una cápsula por algo más de 1 euro cada una. Barato, si pensamos que a cambio previene el desarrollo de cáncer, nos reduce las enfermedades cardiovasculares y es eficaz frente a procesos inflamatorios, y por supuesto todo ello redondeado con años extra saludables (la manida frase de “poner vida a los años y no años a la vida” y bla, bla, bla). Hasta una piel lustrosa y un cabello bonito nos prometen con una cápsula diaria. Una ganga.

Pero están hablando del resveratrol, ese compuesto sobre el que hemos desarrollado 4 entradas siguiéndole la pista, desde su alumbramiento como compuesto anti-envejecimiento en el laboratorio de David Sinclair y sus posteriores vicisitudes (por cierto, ninguna de ellas llevada a cabo de manera destacada por investigadores del CSIC), y sobre el que existen publicaciones que demuestran que NO prolonga la vida de los ratones, y del que se duda que lo haga en organismos inferiores como el gusano o la mosca. El mismo que se ha comprobado que no es capaz de activar a las sirtuinas y del cual no se tiene ningún dato clínico que avale ninguna acción beneficiosa para la salud. No puede ser, si dicen que es un producto desarrollado por el CSIC, avalado y con miles de publicaciones que respaldan su beneficio para la salud. Nada menos que 5230 “estudios clínicos” dicen que avalan la eficacia de su producto. Curioso, teniendo en cuenta que se han publicado hasta la actualidad según PubMed, la base de datos de publicaciones científicas, algo menos de 4000 artículos que mencionan la palabra “resveratrol”. Por supuesto en su inmensa mayoría no son ensayos clínicos y en ningún caso, en la actualidad, se ha descrito ningún ensayo clínico con resultados positivos para la salud. ¿Cómo es esto posible?

Bueno, quizás convendría empezar por aclarar que el “aval” científico y el desarrollo de producto llevado a cabo por el CSIC, consistió en la obtención por parte de un grupo de investigadores del mencionado CEBAS, de un método para incrementar la presencia de resveratrol en la uva. Este procedimiento consiste en irradiar con rayos UVC las uvas tras su recolección, empleando una cinta transportadora sobre la que discurren los racimos por una especie de túnel iluminado con lámparas de rayos UVC. Este procedimiento se observó que induce “daño” en las uvas y que, como respuesta, las uvas incrementan la cantidad de resveratrol. Si recordamos, el resveratrol es una fitoalexina, es decir, un compuesto antimicrobiano que se sintetiza y acumula en plantas en altas concentraciones, como respuesta a agresiones. Los investigadores, además de publicar estos datos en una revista científica, son los inventores de una patente solicitada por el CSIC sobre este método. La examinadora de la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM) reflejó en su “Informe sobre el estado de la Técnica” que existen al menos siete documentos que comprometen la patentabilidad de la invención. De las tres reivindicaciones de la solicitud de patente, la primera es la fundamental y se encontraba ya recogida en estas publicaciones anteriores. Las otras dos reivindicaciones, las consideradas reivindicaciones dependientes, definen simplemente formas preferidas de llevar a cabo alguno de los aspectos de la primera de las reivindicaciones. No obstante, dado que el CSIC optó por el procedimiento de “concesión sin examen previo” (lo que supone un coladero de cualquier presunto invento), la patente ES 2177465 B1 finalmente se concedió. Por ello, el procedimiento patentado parece no describir nada nuevo y, por tanto, la patente es probablemente nula. Pese a estas evidentes objeciones, Actafarma decidió pagar por licenciar esta patente, si bien es cierto que con ello no sólo consiguió un supuesto monopolio en España sobre un método para incrementar la presencia de resveratrol en las uvas antes de su extracción, sino que también obtuvo un “marchamo” de seriedad científica ligando el nombre de una institución científica de prestigio como es el CSIC a su producto. Por su parte, los investigadores comparten con el CSIC los ingresos por la licencia (art. 20 Ley de Patentes). Además, precisamente la existencia de estos ingresos permite que se pueda valorar la patente como mérito investigador pese a haber sido concedida sin examen previo.

Nos encontramos en definitiva, con un producto que consiste básicamente en 8 mg de resveratrol en cápsula, una concentración realmente testimonial si la comparamos con la empleada en ensayos con animales de experimentación, o con los ensayos clínicos que se están intentando llevar a cabo con humanos (del orden de gramos). Obtenidos tras irradiar con UVC las uvas recolectadas, siguiendo lo publicado por investigadores del CSIC y según se recogió en una solicitud de patente, lo cual constituye la única implicación de este organismo de investigación, nada que ver con una supuesta actividad o efecto del resveratrol sobre la salud, como parecen querer hacernos creer. Vendidos bajo afirmaciones relativas a la prolongación de la longevidad, la lucha contra el envejecimiento y el beneficio para la salud de la prevención del cáncer, la mejora de la salud cardiovascular, etc., todas ellas afirmaciones no probadas y que incluso podrían terminar siendo contrarias a los efectos reales de esta molécula. Todo ello como resultado de un “arduo proceso de actividad investigadora” y de “desarrollo tecnológico en el área de la salud” realizado por una empresa como Actafarma, que se dedica a los productos cosméticos y suplementos alimentarios y que no realiza ninguna actividad investigadora en salud verificable. Recuerden que no estamos hablando de una empresa farmacéutica en ningún caso, si no de una empresa dedicada al desarrollo de productos que no requieren de receta médica, y que están centrados en el autocuidado de la salud y del aspecto exterior.

¿Pondrían ustedes su salud y sus esperanzas en un producto así y una empresa como esta?

 

Para ver las entradas anteriores de esta miniserie: 1, 2, 3 y 4

La solicitud de patente del CSIC: ES 2177465 B1

Agradecemos la ayuda en la elaboración de esta entrada de Francisco Moreno, de la OEPM.

Todo lo que siempre quiso saber sobre el resveratrol y no se atrevía a preguntar 4



Linda Partridge y David Gems

Una de las primeras críticas a la línea de argumentación de Sinclair parte de investigadores de prestigio como la “Dama” Linda Partridge (“Dama” por su título de Dame Commander of the Order of the British Empire) y David Gems, directora y vicedirector respectivamente del Institute for Healthy Aging (IHA) del University College de Londres. El trabajo de estos investigadores concluyó que el resveratrol prolongaba la vida de los gusanos sólo de manera marginal e independientemente de las sirtuinas, y en moscas el efecto era nulo. Estos resultados están en total contradicción con los artículos tanto de Sinclair como con los de Guarente, por lo que ambos han contestado que probablemente el trabajo realizado en Londres difiera en algún aspecto técnico, quizás relacionado con la deficiente preparación del resveratrol o algún aspecto similar. Para Partridge sin embargo, sus resultados son totalmente fiables puesto que se llevaron a cabo en dos países distintos, siguiendo al pie de la letra lo reportado anteriormente y analizando los resultados de manera ciega. Las discrepancias, asegura Partridge, pudieron surgir debido a un “sesgo subconsciente” en los laboratorios de Sinclair y Guarente.

Brian Kennedy y Matt Kaeberlein

Pero hay más. Ya en el 2005 aparecieron dos artículos en el Journal of Biological Chemistry (JBC) en los que se demostraba que el resveratrol no era capaz de activar al SIR2 de levadura y que sólo activaba SIRT1 humano cuando se ensayaba frente a un sustrato artificial unido a una sonda fluorescente; justo el tipo de sustrato usado por Sinclair en su artículo en Nature del 2003 en el que identificó al resveratrol como activador de las sirtuinas. Uno de estos artículos estaba firmado además por Kaeberlein y Kennedy, aquellos estudiantes de doctorado del laboratorio de Guarente a finales del siglo pasado que contribuyeron a definir los mecanismos de control del envejecimiento en levadura, hoy en día dirigiendo sus propios laboratorios en la Universidad de Washington en Seattle. Más recientemente, investigadores de Pfizer, farmacéutica rival de GSK, demostraron en otro artículo en JBC que los compuestos similares al resveratrol desarrollados por Sirtris y bajo el control ahora de GSK, tampoco son capaces de activar a las sirtuinas y que sólo lo hacen sobre los sustratos artificiales fluorescentes.

Potenciales consumidores de resveratrol

Es decir, existen dudas de que el resveratrol prolongue la vida de la mosca o el gusano, y además tanto el resveratrol como los compuestos sintéticos similares desarrollados por la farmacéutica Sirtris, en realidad no activan las sirtuinas, que se supone son los genes responsables de promover la longevidad por restricción calórica. Aún así,  nos quedan los resultados del resveratrol prolongando la vida de los ratones. Bueno, pero es que en realidad el artículo de Sinclair y de Cabo en Nature del 2006 que comentamos anteriormente, lo que demostraba era una prolongación del periodo de vida de ratones alimentados con una dieta ultragrasa, comparada por algún investigador, como Steve Austad, con alimentarse a base de BigMacs las 24 horas al día, los 7 días de la semana, durante años. Estos mismos investigadores, Sinclair y de Cabo, publicaron más recientemente, en el 2008 en la revista Cell Metabolism, que el resveratrol no prolonga la vida de ratones alimentados con una dieta estándar. Han leído bien, sí. Lo repetimos por si acaso: El resveratrol NO prolonga la vida de los ratones alimentados con dieta estándar, según los dos estudios publicados por David Sinclair y Rafael de Cabo en dos prestigiosas revistas. Bueno, pero ¿existen otros trabajos en los que se haya estudiado el efecto del resveratrol sobre la longevidad en ratón? Pues sí, en Febrero de este mismo año 2011, se publicaron los resultados del estudio llevado a cabo por el “Programa de Evaluación de Intervenciones” (ITP) antienvejecimiento del National Institute on Aging del NIH (NIA-NIH) en el que se compararon los efectos sobre la prolongación de la vida del resveratrol, la rapamicina (un inmunosupresor frecuentemente empleado durante transplantes de órganos), y la simvastatina (una estatina de uso común para reducir el nivel de colesterol). Este estudio no dejó lugar a la duda, el resveratrol NO prolonga la vida de los ratones. Por cierto, que la rapamicina sí lo hace y prometo desarrollar una entrada futura al respecto. ¿Han visto o leído ustedes alguna publicidad de alguna compañía que venda suplementos dietéticos con resveratrol que mencione este dato? Lo dudo, aunque seguro que sí han visto en lugar destacado afirmaciones como la de “prolonga la vida”, “activador del gen de la longevidad”, “la píldora de la inmortalidad”, y por el estilo.

¿ Podemos concluir entonces que el resveratrol es inútil ?

No seamos tan tajantes. Si eliminamos las afirmaciones que aseguran propiedades prolongadoras de la vida y que nos prometen ser capaces de alcanzar y hasta de superar los 120 años, quizás podamos fijarnos en efectos beneficiosos para la salud más modestos, pero nada desdeñables. De entre estos, la protección frente al denominado “síndrome metabólico” parecen ser de las que cuentan con mejores perspectivas. No en vano, los resultados con resveratrol en ratón apuntan a una protección frente a una dieta rica en grasas y ratones modificados genéticamente para portar copias extra del gen SIRT1, pese a no vivir más tiempo (de nuevo reafirmando el concepto de NO prolongación de la vida) sí se muestran más protegidos frente a los efectos de una dieta rica en grasas. Al mismo tiempo, una de las potenciales aplicaciones del resveratrol en las que se tiene depositada más esperanza es frente a la diabetes. De todos modos, no se conocen aún resultados que permitan lanzar las campanas al vuelo, ni mucho menos, pero se sigue trabajando en ello. Las compañías farmacéuticas serias se han lanzado a estudiar los posibles efectos beneficiosos del resveratrol mediante ensayos clínicos controlados y pronto tendremos una respuesta más precisa de lo que podemos esperar del resveratrol.

Otro de los grandes intereses en el resveratrol consiste en su teórica actividad anticancerígena. Son muchos los que han apostado por una posible actividad anti-tumoral del resveratrol, basándose en ensayos en cultivo con células tumorales, y hasta en experimentos en ratón. Pese a que las evidencias son aún muy débiles, GSK se lanzó a realizar un ensayo clínico en pacientes de mieloma múltiple que tuvo que ser suspendido (ver la entrada anterior “Suspendido un ensayo clínico con resveratrol y su “actualización“) debido a los graves efectos secundarios sufridos por los pacientes que recibían el SRT501 (el análogo sintético del resveratrol). Por tanto, en este momento no existe ninguna evidencia sólida que permita pensar que el resveratrol es anti-tumoral, y sólo existen datos fragmentados, inconexos y no concluyentes de una capacidad protectora frente al cáncer. Algo por cierto que también existe apuntando a una posible actividad pro-tumoral del resveratrol. Por supuesto esto no ha sido impedimento para que las compañías que venden resveratrol como producto “natural” lo hagan bajo promesas infundadas de actividad anticancerígena.

Estamos por tanto frente a una molécula compleja, con efectos beneficiosos para la salud desconocidos, “sucio” como fármaco puesto que no se sabe con certeza su modo de acción y su actividad, con una base científica discutible y cuestionada, y de la que carecemos de datos suficientes para establecer su potencial actividad beneficiosa o perjudicial. El propio Rafael de Cabo ha dicho con respecto al resveratrol:

I don’t think it’s a reasonable thing for people to start consuming these compounds without more information”.

No creo que sea una cosa razonable que la gente empiece a consumir estos compuestos sin más información”.

Para ver las entradas anteriores de esta serie dedicada al resveratrol, ir:

aquí (entrada número 3)

aquí (entrada número 2)

aquí (entrada número 1)

Todo lo que siempre quiso saber sobre el resveratrol y no se atrevía a preguntar 3



David Sinclair auto-administrándose resveratrol a copas

Cuando David Sinclair se doctoró en 1995 en la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sidney, Australia, decidió continuar su carrera investigadora uniéndose al laboratorio de Lenny Guarente. Sinclair había contactado anteriormente con Guarente durante una conferencia en Australia y le había expresado su deseo de unirse a su grupo. La perseverante personalidad de Sinclair le llevó a coger un avión en su ciudad natal de Sidney a comienzos de 1996 para aterrizar en el laboratorio del MIT de Guarente, en donde la actividad científica era vibrante, con multitud de proyectos interesantes y todo el novedoso mundo de las sirtuinas y la restricción calórica recién iniciado. Allí no le fue mal y tuvo ocasión de participar en importantes avances en el entendimiento del proceso de envejecimiento, usando la levadura como organismo modelo. En el laboratorio de Guarente, Sinclair se distinguió como un tenaz y ambicioso joven investigador postdoc, que pronto empezó a acaparar la atención del jefe y a convertirse claramente en su favorito. Al mismo tiempo, se ganó la enemistad del resto de miembros del laboratorio, llegando incluso a las acusaciones a costa de la autoría de algún trabajo firmado en exclusiva por Sinclair y Guarente, dejando en el olvido quizás a otros miembros del laboratorio.

Sinclair y Guarente, pupilo y profesor, antiguos enemigos y de nuevo reconciliados

Sus exitosas publicaciones y la recomendación de su prestigioso mentor, Lenny Guarente, le permitieron establecerse a finales de 1999 como investigador independiente en la muy ilustre Harvard Medical School. Con su propio laboratorio, Sinclair comenzó a desarrollar sus proyectos independientes que seguían estando centrados en su interés en dilucidar los mecanismos moleculares que permitían la prolongación de la vida tras restricción calórica. Se habían encontrado ya por entonces los genes homólogos al SIR2 de levadura, en el gusano, la mosca, el ratón y hasta en el humano. En mamíferos existen 7 genes similares que pertenecen a la familia de las sirtuinas, denominados SIRT1 hasta SIRT7, siendo el SIRT1 el considerado más similar al SIR2 de levadura y sobre el que recae lógicamente la mayor atención de los científicos. A principios del nuevo milenio, los laboratorios de Sinclair y Guarente competían por ser el primero en definir los secretos prolongadores de la vida de la restricción calórica y el mecanismo de acción de las sirtuinas, lo cual les condujo a enfrentamientos abiertos a costa de su distintas visiones de la biología de las sirtuinas, aireados sin mucho disimulo en conferencias y hasta en artículos científicos.

Sinclair y Westphal, fundadores de Sirtris

En el año 2003, una publicación del grupo de David Sinclair aparecía en la revista Nature, describiendo la identificación de moléculas de pequeño tamaño capaces de activar a las sirtuinas y, con ello, de prolongar la vida de la levadura hasta un impresionante 70% más del periodo de vida normal. La molécula que mayor actividad mostraba en los ensayos in vitro sobre las sirtuinas era el resveratrol, componente de la piel de la uva. Además, la sirtuina que había utilizado Sinclair para identificar el resveratrol era el homólogo de humano, SIRT1. Mediante una argucia química había conseguido desarrollar un sustrato artificial unido a una sonda fluorescente sobre el que ensayar la actividad de SIRT1. Con una librería de compuestos se dedicó a cribar aquellos que mostrasen una actividad inductora de SIRT1 sobre el sustrato fluorescente y de esta manera se identificó el resveratrol. A estos resultados siguieron otros similares en gusanos y moscas. Todo hacía presagiar que el resveratrol demostraría tarde o temprano ser un producto capaz de prolongar la vida de organismos superiores y el grupo de Sinclair en Harvard Medical School trabajaba duramente en ello. Mientras tanto, al mismo tiempo se aliaba con Christoph Westphal, emprendedor del sector biotecnológico, para fundar en el 2004 Sirtris, una compañía dedicada a desarrollar fármacos que tuviesen una actividad estimuladora de las sirtuinas como el resveratrol, pero con mayor potencia y características farmacodinámicas más apropiadas para su uso farmacéutico. Por supuesto, con el añadido de resultar patentables y por tanto, explotables comercialmente.

El cordobés Rafael de Cabo, del NIA-NIH

En Noviembre del 2006, un artículo de David Sinclair y Rafael de Cabo del National Institute on Aging (NIA-NIH) que apareció publicado en Nature, describía el efecto protector frente a enfermedades metabólicas y prolongador de la vida del resveratrol en ratones que habían sido alimentados con una dieta rica en grasas. Las noticias de los efectos del resveratrol llegaron al gran público, siendo portada del New York Times y apareciendo en prestigiosos programas de la televisión norteamericana. Sinclair se afanó en promocionar la conexión entre el resveratrol del vino, las sirtuinas y el antienvejecimiento, apareciendo frecuentemente con una copa de vino tinto en las manos, para deleite de los productores de vino, que llegaron incluso a reclamar su derecho a etiquetar sus productos con una declaración de “beneficioso para la salud”. En su discurso pro-resveratrol, Sinclair recurrió frecuentemente a identificar su descubrimiento del resveratrol como activador de las sirtuinas capaz de prolongar la vida de levaduras, gusanos y moscas, con los beneficios para la salud del vino y con la conocida como “paradoja francesa”. Se conoce así al supuesto hecho de que la población francesa presente una baja incidencia de enfermedades cardiovasculares pese a un alto consumo de grasas en la dieta. El razonamiento inmediato de muchos derivado de los resultados de Sinclair, es que el mayor consumo de vino protege a los franceses de sus excesos culinarios. Las conferencias científicas de Sinclair reservaban siempre un apartado que parecía más un producto de teletienda, alabando las excelencias del resveratrol que aseguraba consumían personalmente él y su familia a diario.

Vino tinto, ¿fuente de resveratrol?

Las investigaciones científicas parecían por tanto apoyar la hipótesis de Sinclair de que un gen (o familia de genes) conservado a lo largo de la evolución desde organismos simples hasta mamíferos como el ratón, las sirtuinas, eran capaces de activarse en respuesta a condiciones desfavorables, como las inducidas por la restricción calórica, para promover un estado especial de supervivencia a la espera de condiciones más adecuadas, lo que conlleva la prolongación de la vida. El resveratrol, por su acción activadora de estos genes, mimetiza la restricción calórica y logra establecer el mismo tipo de respuesta, sin necesidad de reducir la ingesta de calorías. Todo parecía indicar además, que el mismo tipo de ruta celular se encontraba presente en los humanos y que por tanto, esta era una estrategia con garantías para promover la eterna juventud. Es en este momento en el que Sinclair cambia ligeramente su discurso, para convencernos de que el consumo de vino tinto o de resveratrol no sirve. El resveratrol presente en el vino tinto es variable, pero siempre en cantidades ínfimas. Algunos cálculos, incluso del propio Sinclair, hablan hasta de miles de litros diarios para alcanzar las dosis administradas a los ratones que mostraron efectos positivos en los estudios publicados. Pero además el resveratrol posee características como molécula que la hacen de difícil uso farmacéutico. Las cantidades que deberían tomarse en humano si extrapolamos de los estudios en ratón son enormes, del orden de gramos, algo nada desdeñable.

Por todo ello, Sinclair anunció una OPV, u oferta pública de venta de acciones de su compañía Sirtris, seis meses tras la publicación del artículo en Nature del efecto del resveratrol sobre los ratones bajo dieta rica en grasa, obteniendo en el proceso 62,4 millones de dólares. Su promesa, desarrollar nuevas moléculas de síntesis con actividad similar a las del resveratrol sobre las sirtuinas, pero con mayor potencia y efectividad. De esta manera vieron la luz los “compuestos activadores de sirtuinas”, o STACs (“sirtuin-activating compounds”), tales como el SRT501, el SRT1720, el SRT1460, etc. Sirtris no puede ensayar el efecto de sus STACs directamente sobre el envejecimiento en ensayos clínicos, puesto que la FDA norteamericana, el organismo encargado de supervisar las actividades de las compañías farmacéuticas y todos los ensayos clínicos, no acepta el envejecimiento como una enfermedad. Existe además un impedimento evidente si se intenta demostrar una actividad que retrase el envejecimiento en humanos, llevaría muchísimo tiempo. Por eso Sirtris inició una serie de ensayos clínicos con sus compuestos frente a enfermedades asociadas al envejecimiento, como la diabetes tipo 2, y frente a algunos tipos de cáncer, como el mieloma múltiple. Todo ello sin descuidar el ángulo anti-envejecimiento, para lo cual inició el proceso de ensayo de alguno de sus compuestos por parte del Programa de Ensayo de Intervenciones del envejecimiento, ITP (“Interventions Testing Program”), programa perteneciente al National Institute on Aging del NIH (NIA-NIH), para analizar de una manera rigurosa e independiente la actividad ralentizadora del envejecimiento de sus STACs en ratón. Las expectativas estaban en todo lo alto, y no pasaban desapercibidas tampoco para las grandes farmacéuticas. Por eso, en el 2008, el gigante farmacéutico GlaxoSmithKline (GSK) anunció la adquisición de Sirtris por un total de 720 millones de dólares.

Tenemos entonces una ruta celular que gira entorno a las sirtuinas, con capacidad para prolongar la vida, conservada en multitud de organismos, y un activador natural, el resveratrol, que activa estos genes y con ello retrasa el envejecimiento. Una compañía farmacéutica además, se encuentra desarrollando activadores sintéticos aún más potentes y “limpios” que el resveratrol para ensayarlos en ensayos clínicos con garantías. Perfecto … ¿o no?

(Para ver la entrada anterior de esta serie dedicada al resveratrol, ir aquí)

(Para ver la primera de las entradas de esta serie, ir aquí)

 

Todo lo que siempre quiso saber sobre el resveratrol y no se atrevía a preguntar 2


El resveratrol es una fitoalexina, es decir, un compuesto antimicrobiano que se sintetiza y acumula en plantas en altas concentraciones, como respuesta a agresiones como las causadas por infecciones bacterianas o fúngicas, y que ayudan a limitar la dispersión del patógeno. Químicamente, es un polifenol, pertenece a un grupo de sustancias químicas caracterizadas por la presencia de más de un grupo fenol por molécula. Pertenece a la familia de los flavonoides, una extensa familia de polifenoles (otros miembros de la familia son las antocianidinas, los flovonoles, las flavonas, las isoflavonas, etc) sintetizados por muchos vegetales (como el té, los pimientos, las manzanas, las cebollas, las legumbres, etc) y que han sido objeto de estudios en relación con los efectos saludables de las dietas ricas en frutas y verduras. El propio resveratrol había sido estudiado previo a su ascensión a los cielos del olimpo de productos antienvejecimiento, por sus posibles efectos beneficiosos para la salud.

Pero lo que marcó un cambio drástico en su popularidad fue el anuncio, a bombo y platillo, con focos y cámaras, por parte del científico de origen australiano David Sinclair, en la actualidad co-director de los “Paul F. Glenn Laboratories for the Biological Mechanisms of Aging” en Harvard Medical School, de sus supuestos efectos prolongadores de la vida. ¿En qué se basaba Sinclair para adjudicar dichos efectos antienvejecimiento al resveratrol? Todo empezó en el 2003 con una publicación nada menos que en la revista Nature, en la que Sinclair describía su hallazgo de que el resveratrol era un potente activador de las sirtuinas y mimetizaba el efecto de la restricción calórica prolongando extraordinariamente la longevidad de la levadura, Saccharomyces cerevisiae. ¿Pero qué son las sirtuinas y en qué consiste la restricción calórica?

Clive McCay

Clive McCay

La intervención más efectiva en el retraso del envejecimiento de organismos muy diversos es la restricción calórica, consistente en reducir la ingesta de calorías en la dieta sin caer en la malnutrición. Desde los años 30 del siglo pasado, y comenzando con los trabajos de Clive McClay de la Universidad de Cornell, quien demostró que ratas alimentadas con dieta baja en calorías vivían hasta el doble que el grupo de ratas alimentadas ad libitum (es decir, sin restricciones y hasta saciarse), la investigación en restricción calórica y su efecto en longevidad ha experimentado una enorme popularidad. Son muchos los distintos organismos en los que se ha podido demostrar un efecto positivo de la restricción calórica sobre la longevidad. Pese a ello, algunos investigadores han criticado los famosos estudios con ratas y ratones, indicando que en realidad lo que demuestran es que la alimentación en laboratorio de los animales de experimentación no es la adecuada y termina causando problemas de salud y muerte prematura. Según éstos, reducir la ingesta de alimento sitúa a los animales en una contexto más próximo a la realidad que encuentran en la naturaleza. Más aún, según algunos trabajos, la restricción calórica no es beneficiosa en todas las cepas de ratones y cuando se realiza un estudio exhaustivo con un elevado número de ratones de diversas cepas, lo que se observa es que no se produce un beneficio generalizado, e incluso se puede observar un perjuicio para la salud provocado por dicha restricción calórica.

En cualquier caso, los supuestos beneficios de la restricción calórica no están aún demostrados en humanos y podrían ser poco más que modestos en lo relativo a prolongar la vida. No obstante, estos prometedores resultados de laboratorio han convencido ya a algunos hasta el punto de someterse a la tiranía de la balanza y la calculadora en lugar predominante en la mesa, junto a tenedor y cuchillo, en la convicción cuasi-religiosa, de que han encontrado el camino de la verdad hacia la vida eterna. Esta práctica no presenta pocos problemas, puesto que restringir el número de calorías, especialmente en las personas de edad avanzada, supone un grave riesgo de pérdida de masa muscular y ósea, lo cual puede ponerles en una situación de debilidad a tener en cuenta. Por ello conviene ser cautos con este tipo de intervenciones que juegan con la dieta y pueden resultar más perjudiciales que beneficiosas.

¿Restricción calórica?

Pese a todas estas dudas sobre la efectividad de la restricción calórica prolongando la vida, y tras los primeros resultados espectaculares que mostraban la maleabilidad del proceso de envejecimiento en organismos modelo, la investigación biomédica ha tratado de dilucidar el mecanismo molecular responsable del beneficio sobre la salud y la longevidad de la restricción calórica, aportando nuevos datos interesantes cada día, pero también generando disputas y desencuentros entre la comunidad científica, a cuenta de cuáles son las vías de señalización responsables de llevar a cabo la prolongación de la vida tras restricción calórica. El interés comercial es evidente; si supiésemos qué moléculas y qué rutas son las importantes, podríamos lanzarnos a encontrar/desarrollar fármacos que mimeticen el beneficio de la restricción calórica, sin dejar de atiborrarnos a hamburguesas y pizza (según los más críticos con esta aproximación), o sin someterse a unas dietas peligrosas e inviables (según los más favorables). Algunos investigadores apoyan la implicación de la ruta de la insulina en este efecto, otros hablan del estrés oxidativo generado por el exceso de calorías, muchos se decantan por el papel protagonista de la familia de las sirtuinas, … Tanto es así, que recientemente asistimos en la revista Science a un interesante debate a cuenta de una publicación previa en la misma revista, de un artículo de revisión sobre las vías moleculares conservadas a lo largo de las distintas especies e implicadas en el incremento de la longevidad por restricción calórica. Los autores de dicha revisión especularon con las posibles vías que podrían ser responsables de ese beneficio, obviando sorprendentemente la vía de las sirtuinas, para desagradable sorpresa y enojo de no pocos destacados investigadores, que en respuesta decidieron escribir una carta de protesta a la revista Science. ¿Quiénes son estas debatidas sirtuinas?

Lenny Guarente

Las sirtuinas son una familia de genes que codifican enzimas con actividad deacetilasa (eliminan el grupo acetilo que en ocasiones se añade a algunas proteínas para modular su actividad) y con ello son capaces de alterar la actividad de muchas proteínas con distinta función en la célula. Un conjunto de proteínas cuyo estado de acetilación es especialmente importante para determinar su función, es el de las histonas, proteínas que se asocian al ADN (la molécula que porta la información de la vida) y regulan el grado de “accesibilidad” a la información genética y con ello la expresión o no de ciertas regiones genómicas. En levadura, los genes SIR, y en particular el gen SIR2 (de “Silent mating type Information Regulation 2”), fueron señalados como capaces de aumentar de manera espectacular el periodo de vida cuando se aumenta de forma experimental su expresión. Este trabajo se llevó a cabo fundamentalmente en el laboratorio de Lenny Guarente, del MIT, con la destacada participación de los entonces estudiantes de doctorado, Brian Kennedy y Matt Kaeberlein, ambos en la actualidad en la Universidad de Washington de Seattle. Una serie de artículos en revistas de primer orden avanzó de manera rápida durante el cambio de milenio, en el establecimiento de la importancia de las sirtuinas como deacetilasas que controlan el silenciamiento de ciertas regiones del genoma que se expresan durante el envejecimiento celular. Se identificó además al balance NAD+/NADH como modulador de la actividad de SIR2 y se estableció a SIR2 como el mediador del efecto prolongador de la longevidad causado por la restricción calórica en la levadura. El citado balance NAD+/NADH se ha propuesto como un reflejo de la actividad nutricional de la célula por lo que, cerrando el círculo, la restricción calórica altera el balance NAD+/NADH celular, lo que deriva en la activación de las sirtuinas, que modifican el estado de acetilación de las histonas (y otras proteínas diana), y con ello se favorece el patrón transcripcional “joven” frente a “viejo”. Todo ello en levadura, pero los análisis posteriores elevaron aún más el entusiasmo, puesto que SIR2 está conservado (tiene genes que parecen ser parientes más o menos cercanos) en todos los organismos analizados hasta llegar incluso al ser humano. Esto sugería que un mecanismo básico de la vida, el del control del envejecimiento, podía existir en organismos muy alejados evolutivamente. Algo así facilitaría enormemente nuestro entendimiento del proceso de envejecimiento y nos permitiría ensayar fácilmente terapias y productos que lo retrasen. ¿Han respondido las sirtuinas a las expectativas creadas?

(Para ver la primera entrada de esta serie, ir aquí)

Todo lo que siempre quiso saber sobre el resveratrol y no se atrevía a preguntar


La ciencia que estudia las bases moleculares del envejecimiento ha obtenido unos éxitos tan asombrosos en lo relativo a intervenciones anti-envejecimiento en modelos animales experimentales de laboratorio, que incluso se están empezando a plantear posibles tratamientos que retrasen, o incluso reviertan, el envejecimiento. Todos los días asistimos maravillados a nuevos descubrimientos que desentrañan los más íntimos secretos de la maquinaria responsable del envejecimiento, y al desarrollo de modificaciones genéticas o al ensayo de tratamientos en animales de experimentación que resultan en longevidades que harían palidecer al mismísimo Matusalén. ¡El envejecimiento es maleable! Estos hallazgos son amplificados por los medios de comunicación, en muchas ocasiones de manera errónea por una falta de entendimiento claro de las implicaciones de la investigación básica de los periodistas o por afán sensacionalista, otras veces por la irresponsabilidad de los propios investigadores, que ven la ocasión de promocionarse gracias a la difusión adquirida a través de los medios de comunicación.

Quizás la ciencia no esté aún ahí, pero la industria de los suplementos dietéticos llega más lejos que la propia ciencia para vendernos ya, tratamientos que prometen mantenernos jóvenes para siempre. Existen regulaciones estrictas en lo que la industria farmacéutica puede vender. Primero deben demostrar con hechos, de una manera controlada, verificable y reproducible, la seguridad y efectividad del producto, un proceso largo y costoso. Además, un medicamento tiene un seguimiento posterior a su lanzamiento al mercado que trata de detectar cualquier incidencia que pudiera surgir y que no hubiese sido prevista por los estudios previos de seguridad, para poder actuar a tiempo y retirar el medicamento si es preciso.

Tenemos también toda una reglamentación al respecto de lo que podemos decir de un producto para venderlo, y así por ejemplo la industria de la alimentación ha tenido que ajustarse a la normativa para no ser acusada de vender cosas bajo falsas promesas como “mejora tus defensas”, “ayuda a no engordar”, etc, aunque sí pueda declarar “fuente de antioxidantes”. Pero cuando llegamos a la industria de los suplementos dietéticos y de las terapias alternativas, todo vale. Desde el que te vende una pastilla de azúcar prometiéndote que de esa manera ayuda a tu cuerpo a sanar por si mismo, hasta el que pone tus flujos energéticos en su sitio mostrándote las palmas de la mano. Desde el que cura la impotencia, hasta el que cura el cáncer y el SIDA. No necesitan demostrar nada, ni se cortan en sus afirmaciones.

De entre estos hay un grupo mucho más elaborado, sutil y refinado. Los que se apoyan en datos científicos tergiversados o en lo que el médico y divulgador británico Ben Goldacre frecuentemente denomina “cherry picking”, seleccionar de entre toda la evidencia publicada únicamente aquella, por extraña, escasa o anecdótica que resulte, que sirva para apoyar nuestros postulados, ocultando cualquier serie de datos, por sólidos, fiables y relevantes que puedan ser, si contradice y se opone a tus intereses. Los que se disfrazan de científicos rigurosos, vistiendo una bata blanca impoluta almidonada que ha debido ser lavada con la última sensación del mundo del detergente, y que sólo se han puesto delante de un microscopio para posar en las fotos promocionales o para la prensa (si hilamos tan fino como para distinguir entre ambas). Los que llenan de palabrería científico-tecnológica su discurso, escogiendo de una cuidadosa selección de términos suficientemente ambiguos (concentrado de activos, complemento de última generación, …), atractivamente sofisticados (nutracéutico anti-aging, hormesis, …) , semánticamente adecuados a los tiempos actuales (reduce tu estrés, natural, neutraliza los radicales, …). Todo para asegurarte que ya estamos ahí, que no hay que esperar más y que tenemos la solución para evitar el envejecimiento. Si envejeces es porque quieres, porque basta con tomarte una pastillita desarrollada por científicos empleando las técnicas más avanzadas y todo el conocimiento adquirido por décadas de investigación, con actividad demostrada por miles y miles de exhaustivos estudios clínicos en humanos. ¿O no?

De entre todos los productos anti-envejecimiento que habrás tenido ocasión de encontrar en los últimos años, muy probablemente el de mayor éxito (y en crecimiento exponencial) es el resveratrol. Si no has oído nunca hablar del resveratrol (o sus denominaciones comerciales que aquí omitiremos) probablemente has pasado los últimos meses recluido en una caverna o algo por el estilo. Si no me crees, teclea “resveratrol” en Google y verás que aparecen literalmente millones de páginas, además de multitud de enlaces patrocinados. Asociado además a sensacionales expresiones como “el milagro antiaging”, “contribuye a retrasar nuestro reloj biológico”, “refuerza nuestras barreras antioxidantes”, “la píldora de la longevidad”, “ralentiza el proceso de envejecimiento celular”, “probado científicamente”, “activador natural de las sirtuinas, la molécula de la longevidad”. Los vendedores de resveratrol aseguran que su producto es efectivo protegiendo “frente al envejecimiento celular”, “previene el Alzheimer y el cáncer”, “mejora el cabello y la hidratación, firmeza y elasticidad de la piel”, “reduce el colesterol malo y los triglicéridos”, “cardioprotector”, “antiinflamatorio”, …, salvo frente a la diarrea, parece que es efectivo en cualquier campo de la salud. Pero claro, es que estamos ante un avance científico revolucionario investigado y patentado, nada menos que por el CSIC (Consejo, que no Centro, Superior de Investigaciones Científicas español). Por tanto cuenta “con el mayor aval científico”, y con la friolera de “5230 estudios clínicos”, más que la clásica aspirina. Se coloca en farmacias, embasado en cajitas “tipo medicamento” y se adiestra a los farmacéuticos para que lo prescriban a los “consumidores” (ojo, que no pacientes).

¿Cómo nos explican el envejecimiento los vendedores de resveratrol? Envejecemos por los radicales libres, que han aumentado en nuestras vidas debido a la polución, los plaguicidas, el consumo de tabaco, los aditivos de los alimentos tan procesados que comemos, … Y porque nuestras defensas (naturales, por supuesto) han disminuido debido a nuestra dieta pobre en antioxidantes (pero si todos los productos del super son ricos en antioxidantes, es imposible fallar). Según este diagnóstico, debemos estar entonces envejeciendo en la actualidad a un ritmo muy superior a como lo hacían nuestros antepasados en las cavernas o, sin ir más lejos, a los habitantes de la Edad Media que se desenvolvían en un ambiente idílico y bucólico, alejado de polución, plaguicidas y alimentos procesados.

Pero, ¿qué es el resveratrol? ¿De dónde proviene la idea de que el resveratrol prolonga la vida? ¿Qué son las sirtuinas? ¿Por qué necesitamos activarlas? ¿Existen, como dicen, evidencias científicas de su acción? ¿Es peligroso tomar resveratrol, tiene efectos secundarios? Espero que en las próximas entradas de este blog podamos hacernos una idea, revisando la evidencia científica que disponemos hasta el momento.

(Para continuar con la segunda parte de esta serie de entradas dedicadas al resveratrol, ir aquí)

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